“El profesor de teatro y el acto poético de
enseñar”
(por profesor Mariano Scovenna).
En la actualidad es corriente
escuchar que la escuela, tal como la concebimos, es una construcción histórica
y social. Esta afirmación nos da a los profesores de teatro la libertad
necesaria para que intentemos comprender
a la escuela y a las prácticas
que en ella se llevan a cabo como un espacio que puede modificarse,
reemplazarse o enriquecerse. Es erróneo
encarar nuestro trabajo en el aula pretendiendo que la escuela continúe siendo
como era. Las sociedades y las personas cambian con el tiempo y se influyen
mutuamente, esto hace que la escuela necesariamente cambie. No se trata de
entrar en una vorágine o fanatismo por cambiar todo, todo el tiempo, sino que
justamente, se trata de hacer un alto y detenernos a pensar cómo es la escuela
de hoy, cómo es la escuela que añoran algunos y cómo desearíamos que fuese la
escuela del futuro. Esta cuestión es central para nosotros, ya que en el medio
de esta discusión es cuando se incorpora el teatro como espacio curricular
enmarcado dentro en la educación artística.
Los profesores de teatro que
trabajamos en instituciones educativas formales, amamos la enseñanza y de algún
modo, defendemos y sostenemos la
enseñanza escolarizada. Esto está muy bien, pero es necesario reconocer
que en varias ocasiones la escolarización de las prácticas de enseñanza atenta
contra los propósitos mismos de la enseñanza. ¿Qué queremos decir con esto? Que
los docentes, en medio de la encrucijada en la que estamos inmersos, muchas
veces nos ocupamos del transmitir, adoctrinar, ordenar, categorizar, memorizar
y nos olvidamos del vivir. Es decir nos olvidamos del acto poético que
significa señalar el camino y de lo estético de estas acciones que sirven de
experiencia. Por esta razón es necesario que los profesores de teatro forjemos
circunstancias facilitadoras para conseguir que los estudiantes alcancen no
sólo el obrar, sino también el ser.
A partir de los postulados
enunciados, consideramos que los alumnos son mucho más que las múltiples
funciones o facultades mentales que se relacionan entre sí; son sujetos en
constantes luchas por construir sus identidades. Es en este campo donde un
docente de teatro puede hallar los medios necesarios para acompañar al
estudiante en el camino del ser. Porque
cada alumno que va a la escuela está buscando algo, y en esa búsqueda se ponen
en juego no sólo la memoria y las facultades mentales sino que también los
sentimientos, la voluntad, la sensibilidad y la moral, además de muchas otras
cuestiones que atraviesan al sujeto.
Asumir que enseñanza y vida están estrechamente ligadas es de algún
modo, una cuestión crucial en sí misma. Situar en el centro de la enseñanza al
sujeto que lucha, nos obligará a los profesores de teatro a no eludir al
individuo con su historia, en relación con enseñanza escolarizada. Entiendo que
es nuestra tarea revivir este enfoque
que, aunque parece obvio, es el que nos
enfrenta con la personalidad del alumno y es el que despliega la posibilidad de
reunir nuestras facetas docentes científicas y artísticas, en un único
territorio, el del docente humano.
Entender estas aristas que forman
parte en el territorio en el que nos
desenvolvemos como profesores de teatro, nos permite entramar distinto los
ejercicios, los juegos y las improvisaciones que llevamos adelante en el aula.
Nos abre a la posibilidad que cada niño
descubra de las actividades lo que necesita y esto afectará también a la
definición etimológica de alumno. Éste ya no será un sujeto sin luz, sino que será una persona a la que hay que alimentar
y acompañar señalando el camino con acciones que sirvan de experiencia.
Bibliografía:
·
Basabe,
Laura- Cols, Estela- Feeney, Silvina. Los
componentes del contenido escolar.
Universidad de Buenos Aires- Facultad de Filosofía y Letras. Buenos Aires,
2004.
·
Freire, Paulo. Pedagogía de la autonomía. Siglo XX. Buenos Aires, 2006.
·
Sacks,
Oliver. El hombre que confundió a su
mujer con un sombrero. Editorial Anagrama. Barcelona, 2002.
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